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Mostrando las entradas de marzo, 2015
Vuelve aunque sea en pasajeros sueños porta en tus alforjas pinceles y acuarelas. Pinta el cielo de infinitos azules intensos, con el llanto de mis tristes pensamientos, vuelve a mis espejos de cantaros turquesas. Rotos por el destino de amores inciertos. Aunque los ecos de las voces, me arañen, y el murmullo de los hombres nos condenen.   Vuelve como nube apresurada en los sueños, de las estrellas caídas en mis cielos nocturnos. 
Desafía la belleza de la media luna enamorada. 
Corre de prisa entre los bosque de tréboles, de duendes desnudos, asustados, huidizos y hazlos trepar los fríos muros, de mi alta prisión de marfil. Trepa amor de prisa, que tus uñas sean garras, clávalas señor, en las grises piedras del miedo. Pintando sobre mí piel paisajes de ensueños.  Sé mi sosiego, amoroso y devuélveme la calma, yo seré tu lienzo lavado en arenas blancas. 
Dibújame sonrisas, bórrame todas las agonías, se nuevamente mi rey de mármol en el prado. 
Pinta de mil fantasías lo…

La ajorca de oro, Gustado Adolfo Bécquer

Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo, hermosa con esa hermosura que no se parece en nada a la que soñamos en los ángeles y que, sin embargo, es sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio a algunos seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.  El la amaba; la amaba con ese amor que no conoce freno ni límite; la amaba con ese amor en que se busca un goce y sólo se encuentran martirios, amor que se asemeja a la felicidad y que, no obstante, diríase que lo infunde el Cielo para la expiación de una culpa.  Ella era caprichosa, caprichosa y extravagante, como todas las mujeres del mundo; él, supersticioso, supersticioso y valiente, como todos los hombres de su época...
Si mañana me fuera, seguiré esa senda donde gritarán tus besos llorando a las estrellas, y entonces, cerrarás los ojos, recordarás mi voz, porque la tuya en mi, se quedó grabada. Marcharé muy cerca del mar, del cielo, coronando la vida, alimentando silencios.

Me iré amándote… con mi poesía, me hiciste soñar,  porque  en cada una,  fuiste mi inspiración.
Dibujaré una a una mil lunas, con mis manos al viento,  y  cuando llegue a tu mente cuanto te quise, guarda en tu memoria ese recuerdo… Porque yo me habré ido, queriéndote.




Rayuela, cap. 21

Cada vez iré sintiendo menos y recordando más, pero qué es el recuerdo sino el idioma de los sentimientos, un diccionario de caras, días,  perfumes que vuelven como los verbos y los adjetivos en el discurso, adelantándose solapados a la cosa en sí, al presente puro, entristeciéndonos o aleccionándonos vicariamente hasta que el propio ser se vuelve vicario, la cara que mira hacia atrás abre grandes los ojos, la verdadera cara se borra poco a poco como en las viejas fotos.

Huellas... no cicatrices

Como todas las simples cosas de la vida, todo queda consumado, somos como el polvo, somos huéspedes de este mundo ordinario, somos tránsito ahora estamos y un segundo después ya no, quedan los recuerdos y la maravilla del ser humano – que algunos- somos el paso de la vida, dejando huella, una huella a seguir cuando tienes el privilegio de verlo y darte cuenta de ello...

Mi mirada refleja la amargura, aquella que sólo se produce, cuando te pienso y me doy cuenta de que no te tengo. Porque pasas en mi mente escondiéndote en los sueños que luego difumina el alba, porque me enamoras cada día, haciendo que la necesidad de tenerte sea constante como las horas que pasan sin verte, y porque aunque quiera y trate de evitarte no puedo obviar sentir cuanto te extraño
Amarte con un fuego duro y frío.
Amarte sin palabras, sin pausas ni silencios.
Amarte sólo cada vez que quieras, y sólo con la muda presencia de mis actos.
Amarte a flor de boca y mientras la mentira no se distinga en ti de la ternura.
Amarte cuando finges toda la indiferencia que tu abandono niega, que funde tu calor.
Amarte cada vez que tu piel y tu boca busquen mi piel dormida y mi boca despierta.
Amarte por la soledad, si en ella me dejas.
Amarte por la ira en que mi razón enciendes.
Y, más que por el goce y el delirio, amarte por la angustia y por la duda.

Noche

Tal vez esta noche no es noche, debe ser un sol horrendo, o lo otro, o cualquier cosa.  ¡Qué sé yo! faltan palabras, falta candor, falta poesía cuando la sangre llora y llora!
¡Pudiera ser tan feliz esta noche!. 
Si sólo me fuera dado palpar las sombras, oír pasos, decir "buenas noches" a cualquiera que pasease a su perro, miraría la luna, dijera su extraña lactescencia tropezaría con piedras al azar, como se hace. 
Pero hay algo que rompe la piel, una ciega furia que corre por mis venas. 
¡Quiero salir! cancerbero del alma. 
¡Deja, déjame traspasar tu sonrisa! ¡pudiera ser tan feliz esta noche!  Aún quedan ensueños rezagados. ¡y tantos libros! ¡tantas luces ! ¡y mis pocos años! ¿Por qué no?. La muerte está lejana. No me mira. 
¡Tanta vida, Señor! ¿Para qué tanta vida? 

De "La última inocencia" 1956 Alejandra Pizarnik

El silencio duele cuando hiere, saca colmillos de marfil luna,  arranca la fiera de la oscura noche, extingue estrellas,  y la luz de los corazones.
El silencio es una víbora de mortal mordedura. Nada pueden matar las palabras  que el silencio no haya desecho ya  en un sólo acto, una sola toma, una sola escena.

ALGO CONTIGO

¿Hace falta que te diga,
que me muero por tener algo contigo?
¿Y es que no te has dado cuenta,
de lo mucho que me cuesta ser tu amigo?

Ya no puedo acercarme a tu boca,
sin deseártela de una manera loca.
Necesito controlar tu vida,
saber quién te besa y quién te abriga.

¿Hace falta que te diga,
que me muero por tener algo contigo?
¿Y es que no te has dado cuenta,
de lo mucho que me cuesta ser tu amigo?

Ya me quedan muy pocos caminos,
y aunque pueda parecer un desatino,
no quisiera yo morirme sin tener algo contigo.

Ya no puedo continuar espiando,
día y noche, tu llegada adivinando.
Ya no sé con qué inocente excusa pasar por tu casa.

Ya me quedan muy pocos caminos,
y aunque pueda parecer un desatino,
no quisiera yo morirme sin tener algo contigo.

Simplemente NERUDA

Dos amantes dichosos hacen un solo pan,
Una sola gota de luna en la hierba,
Dejan andando dos sombras que se reúnen,
Dejan un solo sol vacío en una cama.

De todas las verdades escogieron el día:
No se ataron con hilos sino con un aroma,
Y no despedazaron la paz ni las palabras.
La dicha es una torre transparente.

El aire, el vino van con los dos amantes,
La noche les regala sus pétalos dichosos,
Tienen derecho a todos los claveles.

Dos amantes dichosos no tienen fin ni muerte,
Nacen y mueren muchas veces mientras viven,
Tienen la eternidad de la naturaleza.